A mi padre le gustaba la tierra. Además de trabajar en muchas cosas para sostener a la familia, su ilusión siempre había sido el tener un pequeño huerto para cultivarlo y ver crecer sus frutos.Se le presentó la oportunidad de tener un trocito de tierra de alquiler cerca de la Riera de la Salut en Sant Feliu y en él pasaba sus buenos momentos. En el buen tiempo recogíamos ciruelas, cerezas y melocotones que llevábamos a casa para contento de todos.
Este trocito lo mantuvimos durante años y al final fui yo quien me hice cargo de él, es decir que seguí pagando el alquiler aún viviendo ya en Barcelona. Allí llevaba a mi familia cuando eran pequeños mis hijos muchos sábados de primavera y verano a pasar un día en el "troç" y a disfrutar de la naturaleza cultivando un pequeño huerto, y como mi padre, recogiendo los frutos del tiempo.
Recuerdo que cuando ayudaba a mi padre en el huerto, estando yo soltero, a veces me gustaba subir por el camino de la riera montaña arriba, hasta que llegaba a un punto en que podía observar toda la panorámica en aquel punto de la Sierra de Collserola que miraba hacia Sant Feliu y que me hacía sentir relajado y en a
rmonía con la naturaleza y al mismo tiempo abrigado y protegido por los frondosos bosques que se veían desde allí. Era una sensación única que me reconciliaba con el mundo y los seres humanos. Allí se respiraba paz.Estas sensaciones las he vuelto a experimentar en el pueblecito en que hemos pasado muchos veranos mi familia y yo y del que hablaré más adelante. En sus afueras hay una ermita, la ermita de San Cristóbal, a la que se llega después de caminar una media hora desde el pueblo y desde donde se observa una panorámica de montañas que cuando se pone el sol, y se respira el aire fresco y aromático, eso te hace sentir vivo, relajado y también afortunado de poder disfrutar de lo maravillosa que es la naturaleza.
Sólo piano...
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