Hace ya algunos años, cuando yo me dedicaba a una de estas tareas, retocando la pintura de las paredes de la entrada, se me iba ocurriendo una melodía mientras daba brochazo aquí, brochazo allá. Me imaginaba pintando un cuadro y ya que esa mañana me iba a quedar sin paseo, al menos lo recreaba mental y musicalmente. Sin darme cuenta empecé a tararear, y algunos de los vecinos que pasaban por la calle, se asomaban a la puerta de casa, a ver quien estaba dando aquel recital que supongo que ya empezaba a ser un poco cargante. Me saludaban y por un momento me distraían de la pintura y del cante, con lo que al marcharse, volvía a reanudar el ensayo, porque quería retener la música que se me estaba ocurriendo.
Una de las vecinas, Conchita (la maestra, que además tocaba el piano), se quedó allí un poco más que los demás sin interrumpirme. Yo ni me había dado cuenta que estaba allí, y continuaba a lo mío.
En un momento en que me detuve aprovechó y me saludó. Me dijo que le gustaba mucho lo que estaba escuchando. Le expliqué que era una improvisación y que intentaría escribirla cuando terminara de pintar. También me dijo que le gustaría mucho tenerla, así que le dije que se la dedicaría y así lo hice. Cuando nos vimos al año siguiente me dijo que la conservaba con aprecio ya que para ella era un recuerdo de una música inédita nacida en Villarluengo y que le recordaría siempre al pueblo cuando no estuviera allí. Nos dejó esta primavera. Descanse en paz.
También se la dedico a Adelaida, otra vecina de Valencia a quien también le di la partitura para tocarla en su piano y que según me dijo la tiene enmarcada y todo !
Pensé primero en titularla “Brochazos”, pero mis hijos me dijeron que no era muy poético, así que el título final fue Pinceladas, que suena mejor.
Solo piano...




