martes, 6 de enero de 2009

El reloj centenario

Hoy día de Reyes acaban las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Un año más. Y podemos contarlo para bien, gracias a Dios. Son días propicios para pensar en el paso del tiempo y quizás lo efímera de nuestra existencia, como hay quienes lo pensamos también cuando cumplimos años.

Hoy, tras una sobremesa tranquila en la que todos hemos echado una cabezadita o estamos en ello, en el silencio del momento, nuestro viejo reloj familiar hace notar su presencia con su incansable tic-tac. Es un reloj centenario o mejor dicho bicentenario que ha sido traspasado de una generación, la de la bisabuela de mi mujer a la de mis hijos, y ha venido marcando el paso del tiempo durante cuatro o quizás cinco generaciones.

El reloj es despertador, de los de campana, con tres esferas, la mayor y dos pequeñas, la segundera y la de las horas para la alarma. Aunque se consideró en su época de tamaño mediano, hoy resultaría un poco grande para una mesita de noche y por eso son sus descendientes, los relojes electrónicos los encargados de despertarnos cada día. En sus buenos tiempos, cuando sonaba la campana y había que levantarse, más de una vez se había caído al suelo, por la vibración que experimentaba al sonar, pero nunca se dañó la maquinaria por este motivo. No ha visitado nunca al relojero para que lo arreglara porque no ha sido necesario aunque recientemente le restauramos la capa de pintura con un dorado brillante y luce muy bien en un rincón reservado de una estantería de la librería del comedor.

Ha sido y es nuestro compañero infatigable que nos recuerda que la vida sigue y si no marcamos nosotros el paso de nuestra vida él esta ahí como encargado de indicarnos que la vida sólo tiene un sentido, hacia adelante, como la suya, con su vitalidad casi intacta desde tiempos pasados, con todo lo que habrá visto y lo que puede llegar a ver si sigue con su marcha de siempre.

“Andante” es la música que he escogido para él …



Sólo piano...

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