domingo, 23 de noviembre de 2008

De cabeza

Me caí. De cabeza. 

Fue la primera vez que creí que estaba en el cielo. Como en las películas de dibujos animados que aparecen angelitos revoloteando alrededor de tu cabeza después de haberte dado un trompazo fenomenal.

Fue en una trinchera en Enero del año 1939 en la plaza del ayuntamiento de Sant Feliu, en plena oscuridad. Justamente en la noche en que mi familia y otras muchas familias humildes de Sant Feliu estábamos a punto de emprender la marcha como exiliados a Francia. En el pueblo ya habían sonado las alarmas ante la proximidad de las tropas franquistas. Mi familia no estaba metida en política, únicamente mi cuñado era simpatizante socialista, aunque sí tenía hermanos que eran miembros activos de la política y del ejército republicano. Existía miedo de que toda la familia pudiera quedar marcada y en peligro de represalia o peor aún de muerte, por las noticias que nos llegaban de lo que iban haciendo los franquistas en su avance por otros lugares de España.

Aquella noche de preparativos para subir en uno de los carros con las pocas pertenencias que habíamos podido reunir, y en medio del caos producido por el ajetreo y confusión de gente que iba y venía de un lado a otro casi totalmente a oscuras -por la alarma antiaérea-, echamos en falta a mi padre. Se había quedado atrás recogiendo los últimos enseres y cerrando la puerta de casa, pero tardaba demasiado. Como no venía (él se había perdido también y no nos encontraba), yo me lancé a buscarlo sin pensarlo dos veces. Mi osadía terminó al instante, pues la última sensación que recuerdo es la de haber subido a un montículo de tierra y de ahí, el silencio, la nada. Había muerto.

La siguiente sensación que tuve fue la de despertarme en una enfermería improvisada que habían montado en el pueblo, oyendo que me habían encontrado de milagro gracias a alguien más que también había caído y que por suerte para él y para mí estaba consciente. Parece ser que había caído de cabeza en una de las trincheras de la Plaça del Poble. Me devolvieron con mis padres, que ya se habían encontrado. La impresión que tuvieron fue de infarto, pues aparecí con la cabeza vendada al completo como una momia. Sólo se me veían los ojos. Así fue como partimos al exilio.




Sólo piano...

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