En aquel Enero del 39 cruzamos la frontera en medio de una espesa niebla. Los gendarmes nos recibieron sin demasiadas contemplaciones y por poco no nos atropella un rebaño de vacas descontroladas que se nos vino encima. Con lo cansados y débiles que estábamos podríamos decir que éramos de hierro ya que no nos pasó nada de milagro.El camino hacia el campo de concentración de Montpellier fue duro. Francia nos recibía como si fuéramos poco menos que ganado. La guardia senegalesa (era típico de los gobiernos coloniales tener guardia proveniente de sus colonias), nos jaleaba constantemente sin compasión, sin pensar que había niños, ancianos y mujeres, al grito de: “Allez, allez….” . Los hombres (mi padre y mi cuñado) habían sido separados de nosotros en la frontera y se dirigían a otros campos de concentración, para emplearlos como mano de obra barata. La familia estaba dividida.
Al final llegamos al campo y aunque las condiciones eran precarias, ten
íamos algo que comer y sitio donde dormir hasta que alguien decidiera trasladarnos a otro lugar. Recuerdo que mis costillas se marcaban y podía "tocar la guitarra" con ellas. Allí, en Montpellier acabé de recuperarme de mi caída a la trinchera y todos empezamos a volver a comer regularmente, aunque de forma racionada. Ello nos permitió sobrevivir a una epidemia de tifus que se declaró debido a que las condiciones higiénicas no eran las deseables y alguien se había dejado algo por hacer, beneficiándose al tener en sus manos dinero que debía ser empleado en mantenernos con vida a los refugiados. Muchos murieron en aquel campo. Más adelante nos trasladaron a otro campo y luego a otro y así vivíamos aquel año en que Francia se estaba preparando para otra guerra que le tocaría muy de lleno, como a todos los europeos.Con el tiempo hicimos amigos tanto españoles como franceses, los gendarmes y chicos de nuestra edad de los pueblos cercanos a los campos. Allí cantábamos canciones nostálgicas y procurábamos animarnos y animarlos con nuestros juegos, partidos de fútbol y con los improvisados espectáculos musicales que montábamos. El invierno pasó y pronto llegó el verano.
Recuerdo el día en que mi madre y yo emprendimos el regreso a España. Mi hermana y sus hijos se quedaban para irse después en busca de su marido a Burdeos. Aquel día todos en el campo nos vinieron a despedir. Fue muy emotivo, ya que pudimos comprobar lo mucho que nos apreciaban. Muchas veces acude esta imagen a mi memoria.
Sólo piano...
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