domingo, 14 de diciembre de 2008

Hambre

Regresamos de Francia mi madre y yo un día de Marzo del año 1940. Mi padre hacía un tiempo que había regresado y se había quedado a vivir con mi hermano Juan y su familia, ya que la casa familiar había desaparecido y nuestros muebles habían sido requisados. El trato hasta llegar a la frontera francesa desde Céiles había sido muy amable, pero esto cambió una vez traspasada ésta ya que nos metieron en un tren hasta Barcelona como si fuéramos ganado, sin comer ni beber durante todo el trayecto. El reencuentro con la familia, podeis suponer cómo fue de emotivo. Mi hermano Juan nos acogió en su casa y sucedieron unas semanas muy ajetreadas durante las cuales buscamos piso de alquiler (mi padre trabajaba ya) e intentamos recuperar parte del mobiliario requisado que se encontraba en un almacén del pueblo retenido hasta que aparecieran sus dueños. Tuvimos suerte y poco a poco pudimos empezar a reconstruir nuestras vidas e intentar volver a la normalidad.

Lo normal era pasar mucha hambre en aquellos tiempos. Aunque los jornales no escaseaban, (yo mismo encontré trabajo en un taller de grifería), eran tiempos de racionamiento. Sant Feliu estaba considerado como un pueblo agrícola y los que asignaban los racionamientos debían pensar que necesitábamos menos comida que los demás, pero eso no era cierto ya que la mayoría de la producción del pueblo era de carácter industrial (metalurgia sobre todo). Los campos eran de los que tenían masías y si conseguías que te vendieran algo, era a muy alto precio. Existía también el estraperlo, con lo que la picaresca estaba servida. El pan que nos daban era tan malo que hubo quien escribió en una tapia del cementerio: “Si comes pan de Enero, aquí te espero compañero”.

Todos trabajábamos, mi padre de payés o mano de obra, yo en la fábrica de grifería, mi hermano Juan de fundidor, y hasta mi pobre madre, que aparte de atendernos a todos, trabajaba en el campo o en tareas de limpieza de alguna de las mansiones de Sant Feliu, muchas de las cuales todavía se conservan.

Ganábamos dinero, aunque muy poco y la comida era escasa. Pero ya estábamos curtidos por las experiencias vividas anteriormente y una vez más sobrevivimos. Aparte del hambre física, había hambre de entretenimiento y diversión ya que eran tiempos muy grises y por aquel entonces empecé a pensar en estudiar música seriamente, compaginándolo con los trabajos que me salían. Con 18 años cantaba en las “Caramelles” y luego más adelante en la Unió Coral con lo que poco a poco fui desarrollando lo que sería mi alimento espiritual, la música, para olvidar la falta del otro alimento.





Sólo piano...

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