Se llamaba Marquina, nombre excepcional como lo era su persona. Había nacido en Lorca, en el año 1885, en el seno de una familia humilde. A la edad de 20 años se casó con mi padre, su novio de siempre también campesino y pronto se marcharon en busca de una vida mejor a trabajar a Francia en lo que surgiera.
Pequeñita de estatura, era fuerte, trabajadora y valiente donde las hubiera y con un corazón tan grande que enamoraba a cualquiera que la conociera y que la convertía en grande, muy grande, una dama de genio.
Tuvo seis hijos y en tiempos muy difíciles adoptó temporalmente a otro más, aunque en casa no nos sobraba nada. No sabía decir que no. De sus seis hijos, uno, el más pequeño, murió poco después de nacer y tuvo que soportar la pérdida de otros cuatro, el último de ellos, siendo ella una anciana. Por todo lo que os he explicado anteriormente, ya os podéis imaginar cómo sufrió y como tuvo que sobreponerse en múltiples ocasiones para seguir adelante y sacar energías de donde no las tenía para cuidarnos a todos, esposo, hijos, nietos, y a cualquiera que se acercara a ella a pedirle caridad y cariño.
Ella siempre decía que cuando más tranquila estuvo fue durante el exilio en el campo de concentración francés ya que allí, todos, incluída ella estábamos a expensas de quienes nos proporcionaban sustento y cobijo.
De sus hijos, únicamente le sobreviví yo, aunque por suerte conoció a todos sus nietos, mis hijos y a los hijos de Águeda y Juan. En mi casa, pasó sus últimos días, al cuidado mío y de mi mujer y logró un poquito de esa paz que siempre había luchado por encontrar.
Siempre está presente en nuestros corazones y seguro que si hay cielo, allí está como siempre velando por todos nosotros.
Sólo piano...
Pequeñita de estatura, era fuerte, trabajadora y valiente donde las hubiera y con un corazón tan grande que enamoraba a cualquiera que la conociera y que la convertía en grande, muy grande, una dama de genio.
Tuvo seis hijos y en tiempos muy difíciles adoptó temporalmente a otro más, aunque en casa no nos sobraba nada. No sabía decir que no. De sus seis hijos, uno, el más pequeño, murió poco después de nacer y tuvo que soportar la pérdida de otros cuatro, el último de ellos, siendo ella una anciana. Por todo lo que os he explicado anteriormente, ya os podéis imaginar cómo sufrió y como tuvo que sobreponerse en múltiples ocasiones para seguir adelante y sacar energías de donde no las tenía para cuidarnos a todos, esposo, hijos, nietos, y a cualquiera que se acercara a ella a pedirle caridad y cariño.
Ella siempre decía que cuando más tranquila estuvo fue durante el exilio en el campo de concentración francés ya que allí, todos, incluída ella estábamos a expensas de quienes nos proporcionaban sustento y cobijo.
De sus hijos, únicamente le sobreviví yo, aunque por suerte conoció a todos sus nietos, mis hijos y a los hijos de Águeda y Juan. En mi casa, pasó sus últimos días, al cuidado mío y de mi mujer y logró un poquito de esa paz que siempre había luchado por encontrar.
Siempre está presente en nuestros corazones y seguro que si hay cielo, allí está como siempre velando por todos nosotros.
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