domingo, 21 de diciembre de 2008

Para mi madre

Se llamaba Marquina, nombre excepcional como lo era su persona. 

Había nacido en Lorca, en el año 1885, en el seno de una familia humilde. A la edad de 20 años se casó con mi padre, su novio de siempre también campesino y pronto se marcharon en busca de una vida mejor a trabajar a Francia en lo que surgiera.

Pequeñita de estatura, era fuerte, trabajadora y valiente donde las hubiera y con un corazón tan grande que enamoraba a cualquiera que la conociera y que la convertía en grande, muy grande, una dama de genio.

Tuvo seis hijos y en tiempos muy difíciles adoptó temporalmente a otro más, aunque en casa no nos sobraba nada. No sabía decir que no. De sus seis hijos, uno, el más pequeño, murió poco después de nacer y tuvo que soportar la pérdida de otros cuatro, el último de ellos, siendo ella una anciana. Por todo lo que os he explicado anteriormente, ya os podéis imaginar cómo sufrió y como tuvo que sobreponerse en múltiples ocasiones para seguir adelante y sacar energías de donde no las tenía para cuidarnos a todos, esposo, hijos, nietos, y a cualquiera que se acercara a ella a pedirle caridad y cariño.

Ella siempre decía que cuando más tranquila estuvo fue durante el exilio en el campo de concentración francés ya que allí, todos, incluída ella estábamos a expensas de quienes nos proporcionaban sustento y cobijo.

De sus hijos, únicamente le sobreviví yo, aunque por suerte conoció a todos sus nietos, mis hijos y a los hijos de Águeda y Juan. En mi casa, pasó sus últimos días, al cuidado mío y de mi mujer y logró un poquito de esa paz que siempre había luchado por encontrar.

Siempre está presente en nuestros corazones y seguro que si hay cielo, allí está como siempre velando por todos nosotros.





Sólo piano...

No hay comentarios:

Publicar un comentario