Es verano y el día se alarga. Cuando le llega al sol la hora de despedirse hasta el día siguiente, es más tarde y en esta época del año podemos apreciar con calma la belleza del atardecer, en especial si estamos en la montaña o la playa.Estos días, como ya sabéis, estoy con mi familia en Villarluengo . El pueblecito está colgado en lo alto de un peñón desde el cual se aprecia una preciosa vista de un cañón , desde luego no tan grande como el del Colorado, pero que también impresiona lo suyo. Por si fuera poco detrás del pueblo hay una montaña de unos 200 metros que lo respalda. Parece como si fuera un nido de águilas que por cierto, pueblan mucho por estos parajes.
Sea como sea, aquí cuando el sol se pone después de un día claro y despejado, los últimos rayos de luz van recorriendo las crestas montañosas de forma suave, casi como si el sol se resistiera a desaparecer del todo. Cuando el pueblo empieza a ser oscurecido por las primeras sombras de la noche, aún se pueden ver los reflejos del sol en las cumbres más lejanas.
Luego, empieza la noche y con ella se abre otro mundo de sensaciones que ya os contaré. Por lo pronto cada noche trae la promesa de un nuevo amanecer, que no es poco. No hay que ponerse nostálgicos.
¿Qué sería de nosotros si el día no se acabara y la noche no existiera? ¿O si viviéramos sin sol y en la más completa oscuridad? Yo pienso que no podríamos vivir. No nos gustaría. ¿No es así?
Solo piano...
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