
Me gusta mucho la lluvia. Me gusta cuando, en verano, después de una mañana de mucho calor empiezan a formarse nubes de tormenta y van tapando el sol de la tarde. Cuando en Barcelona se presenta un día nublado me gusta bajar a la playa y mirar desde el paseo marítimo las masas de nubes en el horizonte que dicen que el espectáculo va a empezar... Aunque siempre regreso a casa antes de que comience.
Me gusta cuando llegan los primeros relámpagos en un cielo negro, verde, azul y gris y cuando comienzan a sonar los primeros truenos. Nunca me han asustado.
Cuando era joven me gustaba mojarme con las primeras gotas que empezaban a caer y no me importaba si me pillaba fuera de casa y sin paraguas, aunque luego corriera a refugiarme. En casa, ya en el calor del hogar, si volvía a casa empapado, me gustaba contárselo a mi familia o a mis conocidos, pues para mí suponía y aún supone una pequeña aventura.
Me encanta oír el ruido de la lluvia al caer y precipitarse sobre los tejados de las casas, sabiendo que de alguna manera la tierra y todos los que la pisamos, agradecemos ese baño purificante que la naturaleza nos ofrece. Me relaja oír llover cuando estoy acostado y ese soniquete de las gotas repiqueteando sobre las tejas de la casa de Villarluengo que consigue hacerme dormir en paz y sabiendo que me despertaré respirando un aire más limpio y puro. ¿Habéis observado alguna vez un doble arco iris? Yo sí he tenido esa suerte, y es pura belleza.
Estas sensaciones y otras más que ahora no alcanzo a describir, me las produce la lluvia suave y temperada que cada vez se experimenta menos debido a que o no llueve cuando debería o llueve demasiado cuando no debería.
Solo piano...
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